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nydus/Murder by the ClockPublic
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Hallmarks of Murder

Con un hermoso acceso de gravedad, levantó la tapa de una cesta de mimbre esmaltada y miró dentro para ver la ropa sucia que contenía. Había muchas toallas. Las toallas eran, reflexionó, uno de los pocos sellos distintivos genuinos de los ricos. Los Endicott, por lo tanto, debían de ser muy, muy ricos, ya que era obvio que mudaban —¿o era desprendían?— toallas con tanta profusión como caen los pétalos de un árbol de flores blancas.

Había una toalla muy sucia y arrugada justo en la parte superior del montón. La levantó y la miró. Estaba muy sucia y aún levemente húmeda. La dobló, la puso en el suelo debajo del lavabo y colocó la pastilla de jabón sobre ella.

Eran, sonrió levemente, las pruebas B y C. El honor de ser clasificada como prueba A ya estaba reservado para la nota amenazante en el escritorio. En cuanto a las manchas en la pantalla de color limón, tendrían que determinarse definitivamente como huellas dactilares antes de poder tener su hueco en el abecedario.

El fiscal estaría encantado. Era un hombre cuyo talento para las pruebas organizadas alfabéticamente rayaba en la pasión. El teniente Valcour esperaba poder encontrar una rosa marchita. El fiscal se lucía como nadie con las rosas marchitas. Por ejemplo, tomemos aquel caso de apuñalamiento en el Ghetto. Tres pétalos era todo lo que el fiscal había tenido allí, pero habían florecido, a través del jurado, hasta convertirse en lágrimas.

En lágrimas, corrigió el teniente Valcour, y en patochadas.

Un par de cepillos con el dorso de plata no mostraban marcas de dedos sobre sus superficies brillantes, ni las había tampoco en el borde de plata que respaldaba un peine. Uno podía deducir, decidió el teniente Valcour, y así lo hizo, que alguien posterior al señor Endicott los había usado, ya que el señor Endicott

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