“Ni un rábano.”
—¿Qué estás buscando, Cassidy?
—El cadáver, señor.
“Está en ese armario.”
—¿Y es ahora? —dijo Cassidy, apartándose con disimulo de la puerta del armario tanto como pudo—. No será uno de esos asesinatos con martillo del Oeste, ¿verdad?
—No sé qué clase de homicidio es, Cassidy. No le veo ninguna marca.
—¿Será veneno, entonces?
“Tal vez.”
“Bueno, esperemos que sea lo uno o lo otro. Odio esos casos de misterio en los que el difunto recibió el pasaporte de una gomera china, o de alguna serpiente importada de Tombuctú, o partes aledañas”.
—¿Cuándo has trabajado tú en un caso así, Cassidy?
—Seguro, teniente, puede leer sobre ellos todas las semanas en las revistas. Hay una que va ya por su cuarta parte donde un piojo de origen extranjero mata a un zoquete de magnate de Wall Street con una cajita de cerillas de papel cuyas cabezas estaban arregladas de modo que estallaban al frotarlas, en vez de portarse decentemente, y le inyectaban gotitas de veneno en la piel de los dedos. ¿Se lo imagina? Diga una sola palabra y se lo llevo a la comisaría para que lo lea usted mismo.
—Gracias, Cassidy.
—No será ninguna molestia, teniente.