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nydus/Murder by the ClockPublic
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XII. Madame Velasquez alborota el avispero

12:30 a. m. —Madame Velasquez revuelve el fango

El taxi corrió hacia el norte por la Quinta Avenida durante unas manzanas y luego giró a la izquierda hacia las extensiones deshojadas y heladas de Central Park.

Estaba desierto de peatones. Algunas luces amarillas esporádicas mostraban la superficie desocupada de los bancos y los senderos vacíos.

La inutilidad general de las reacciones de cualquier persona al verse de pronto ante la policía —reflexionaba el teniente Valcour— era un fenómeno curioso. Opinaba él que solo en raras ocasiones tales reacciones eran el resultado del momento presente. Eran, en cambio, una huida subconsciente hacia algún tiempo anterior en el que esa persona había hecho algo, o sabía algo, que entonces podría haberla puesto en manos de la ley. Nadie —él mismo se incluyó en la acusación— llevaba una vida irreprochable. No, ni siquiera los santos, pues tenían sus periodos de expiación, los cuales presuponían de por sí manchas que exigían el acto de expiación para ser borradas. Y así ocurría con la gente cuando, incluso en el papel del más inocente de los transeúntes, se veían enfrentados por la policía. Inevitablemente acechaba cierto miedo, un despliegue instintivo de defensas como protección contra el descubrimiento fortuito de aquella mancha temprana.

Tomemos a Hollander, por ejemplo. Cada palabra de su conversación telefónica había sido una defensa negativa y, sin embargo, no se la podía vincular necesariamente con el ataque a Endicott. No, no necesariamente. Era perfectamente obvio que Hollander había esperado

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