encargaba de la investigación técnica y química de las cosas materiales y de los indicios hallados en la escena del crimen —tal como los cepillos y el peine iban a ser examinados en breve por los hombres competentes en la Jefatura de Policía—. Un segundo departamento se ocupaba del aspecto humano —interrogando a los testigos, buscando a todos los amigos o conocidos de la víctima—; una organización amplia y competente que extendía sus tentáculos, sin importar cuántos fuesen necesarios, hacia cada punto de contacto de la vida de la víctima dentro de la ciudad, y a partir de cuyos hallazgos se podía establecer un posible motivo y vislumbrar un posible sospechoso o grupo de sospechosos.
Ambas secciones comparaban entonces sus notas y, si el departamento técnico había obtenido una cantidad satisfactoria de pruebas para armar un caso contra uno o varios de los sospechosos, se procedía a las detenciones o se conducía a los sospechosos a declarar.
Según el temperamento y la posición de los sospechosos, se empleaba una de las diversas formas que componen el temido con razón "tercer grado" y se obtenía una confesión. El trabajo de la Oficina Central concluía entonces, y el caso pasaba a manos del fiscal.
El teniente Valcour se alegró de que, en esta ocasión, el jefe de homicidios hubiera considerado inútil poner en marcha la maquinaria de la segunda sección hasta que se produjeran acontecimientos más definidos. El caso le interesaba. La señora Endicott le interesaba: su asombrosa belleza, su mente, sus contradicciones; Roberts; Marge Myles: tres mujeres que ofrecían la garantía de satisfacer una curiosidad casi descarada que él poseía por descubrir los manantiales ocultos del comportamiento humano. Esta habladuría sobre revivir a Endicott y que el propio Endicott hiciera una declaración... bueno, tal vez. Pero hasta que eso se lograra, prefería pensar en Endicott como un cadáver, el caso como un homicidio definitivo y en los posibles sospechosos justo en la casa.
El teniente Valcour concentró su atención en el armario.