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Carta de Dedicatoria

Basil fue la segunda obra de ficción que escribí. A su aparición, fue condenada sin más por cierta clase de lectores como un ultraje a su sentido del decoro. Consciente de haber ideado y escrito mi historia con el más estricto respeto hacia el verdadero pudor, en contraposición al falso, permití que la gazmoña mala interpretación de ciertos pasajes perfectamente inocentes de este libro se manifestara tan ofensivamente como le placiera, sin molestarme en protestar contra una expresión de opinión que no despertó en mí otro sentimiento que el desprecio. Sabía que Basil no tenía nada que temer de los lectores de mente pura; y dejé que estas páginas se sostuvieran o cayeran por los méritos que poseyeran. Lenta pero firmemente, mi historia se abrió paso, a través de toda crítica adversa, hasta alcanzar un lugar en el favor del público que no ha perdido desde entonces. Algunos de los amigos más estimados que ahora tengo me los ganó Basil. Algunos de los reconocimientos más gratificantes a mis esfuerzos que he recibido, por parte de lectores que me eran personalmente desconocidos, han sido reconocimientos de la pureza de esta historia, desde la primera página hasta la última. Toda la indulgencia que ahora necesito pedir para Basil es indulgencia para con los defectos literarios que son fruto de la inexperiencia; que ninguna corrección puede eliminar por completo; y que nadie ve con mayor claridad, tras un lapso de diez años, que el propio autor.

Sólo tengo que añadir que la presente edición de este libro es la primera que ha contado con el beneficio de mi cuidadosa revisión. Si bien los incidentes de la historia siguen siendo exactamente los que eran, el lenguaje en el que se cuentan ha sido, espero, en muchos casos grandemente alterado para bien.

Wilkie Collins

Harley Street, Londres, julio de 1862.

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