Sin duda fue un alivio saber que el señor Mannion se estaba ocupando de Margaret. En mi opinión, era mucho más apto para tal responsabilidad que su propio padre. De todos los buenos servicios que me había prestado, este me pareció el mejor; pero habría sido aún mejor si hubiera evitado que Margaret fuera a la fiesta.
—Tengo que repetir —reanudó el señor Sherwin, aún más irritado, al ver que no le respondía de inmediato— que no hay nada por lo que ningún ser razonable deba armar alboroto. He estado haciendo todo por los intereses de Margaret y los tuyos, y volverá a las doce, y el señor Mannion cuida de ella, y no sé qué más quieres, y es jodidamente duro, estando yo tan enfermo además, que te pongas así de áspero conmigo; ¡jodidamente duro!
“Siento su enfermedad, señor Sherwin; y no dudo de sus buenas intenciones, ni de las ventajas de la protección del señor Mannion para Margaret; sin embargo, me decepciona que haya salido esta noche”.
“Yo dije que ella no debía ir en absoluto, sin importar lo que su tía hubiera escrito— eso fue lo que dije”.
¡Este discurso audaz procedía en realidad de la señora Sherwin! Jamás antes la había oído expresar una opinión en presencia de su marido; semejante arrebato por su parte era perfectamente inexplicable. Pronunció las palabras con desesperada rapidez y un poder de tono desacostumbrado, clavando los ojos en mí todo el tiempo con una expresión muy extraña.
—¡Maldita sea, señora S.! —brugió su esposo furioso—, ¿quién le manda abrir la boca? ¿Qué demonios pretende opinando cuando nadie le pide su parecer? ¡Por mi alma que empiezo a creer que se le está zafando un tornillo! Últimamente no hace más que meterse en lo que no le importa y fastidiar, ¡de modo que no sé qué diantres le pasa!