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III

era, se consideraba superior socialmente a cualquier hombre, desde un baronet hasta un duque, cuya familia fuera menos antigua que la suya.

Entre una multitud de ejemplos de este orgullo peculiar suyo que podría citar, recuerdo uno, lo suficientemente característico como para tomarlo como muestra de todos los demás.

Sucedió cuando yo era muy niño, y me lo contó uno de mis tíos, ya difunto, que presenció el hecho en persona y siempre lo contó como una buena anécdota hasta el fin de sus días.

Un mercader de enorme fortuna, que hacía poco había sido elevado a la nobleza, se hospedaba en una de nuestras casas de campo. Su hija, mi tío y un abate italiano eran los únicos invitados además de él. El mercader era un hombre corpulento, de rostro amoratado, que llevaba sus nuevos honores con una curiosa mezcla de pompa afectada y natural buen humor. El abate era enano y deforme, flaco, cetrino, de rasgos afilados, con brillantes ojos de pájaro y una voz baja y fluida. Era un refugiado político, cuyo pan de cada día dependía del dinero que recibía por enseñar idiomas. Bien podría haber sido un pordiosero de la calle; y aun así mi padre lo habría tratado como al invitado principal de la casa, por esta razón más que suficiente: era descendiente directo de una de las más antiguas de aquellas famosas familias romanas cuyos nombres forman parte de la historia de las guerras civiles en Italia.

El primer día, la compañía reunida para cenar estaba compuesta por la hija del mercader, mi madre, una anciana que había sido su doncella y había vivido siempre con ella desde su matrimonio, el nuevo lord, el abate, mi padre y mi tío. Cuando se anunció la cena, el par avanzó con dignidad recién estrenada para ofrecer su brazo, como era natural, a mi madre. El rostro pálido de mi padre se tiñó de un rojo carmesí en un instante.

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