Nada las impresiona, agita, divierte o deleita de un modo sincero, natural y femenino. La simpatía parece irónica, si es que alguna vez la muestran; el amor parece un asunto de cálculo, o burla, o tolerancia despectiva, si es que alguna vez lo sienten.
Para mujeres como aquellas, mi hermana Clara ofrecía el contraste más absoluto que cabría imaginar. En este contraste residía el secreto de su influencia, del tributo voluntario de amor y admiración que la seguía dondequiera que iba.
Pocos hombres carecen de sus momentos secretos de profunda emoción; momentos en que, en medio de las miserables trivialidades e hipocresías de la sociedad moderna, acude a su mente la imagen de alguna mujer, fresca, inocente, tierna, sincera; alguna mujer cuyas emociones aún sean cálidas e impresionables, cuyos afectos y simpatías aún puedan manifestarse en sus acciones y dar color a sus pensamientos; alguna mujer en quien podamos depositar una fe y una confianza tan perfectas como si fuéramos niños; a quien desesperemos de hallar cerca de las influencias endurecedoras del mundo; a quien apenas nos atrevamos a buscar, salvo en parajes solitarios muy lejanos en el campo; en pequeños santuarios rurales, apartados de la sociedad, entre bosques, campos y solitarios cerros limítrofes.
Cuando alguna mujer llega a encarnar, o casi encarnar, una imagen como esta, posee esa influencia universal a la que ninguna rivalidad puede jamás aproximarse. De ellas verdaderamente depende, y por ellas es verdaderamente preservado, ese derecho al sincero respeto y admiración de los hombres en el que se basa el poder de todo el sexo: el poder tan a menudo asumido por la mayoría, tan raramente poseído sino por unos pocos.
Así ocurría con mi hermana. Así, doquiera que fuese, aunque sin la inclinación ni la ambición de brillar, eclipsaba a mujeres que le eran