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III

Tocó del brazo al magnífico lord mercader y señaló de manera significativa, con una profunda reverencia, hacia la decrépita anciana que antaño había sido la doncella de mi madre. Luego, caminando hacia el otro extremo de la estancia, donde el abate sin un céntimo hojeaba un libro en un rincón, condujo con solemnidad y cortesía hasta mi madre al maestro de lenguas, bajito, deforme y cojeante, ataviado con un abrigo negro, largo y raído (a cuyo hombro apenas llegaba la cabeza del abate), le sostuvo la puerta abierta con su propia mano para que salieran primero; invitó cortésmente al nuevo noble, que se quedó medio paralizado entre la confusión y el asombro, a seguir con la anciana tambaleante del brazo; y entonces regresó para acompañar él mismo a la hija del par a cenar. Solo recuperó su expresión y modales habituales cuando vio al pequeño abate —el representante mísero y medio hambriento de poderosos barones de antaño— sentado en el lugar de honor de la mesa, al lado de mi madre.

Fue por circunstancias accidentales como estas que descubriste hasta qué punto era orgulloso.

Jamás se jactaba de sus antepasados; ni siquiera hablaba de ellos, excepto cuando le preguntaban al respecto; pero nunca los olvidaba.

Eran el aliento mismo de su vida; las deidades de su culto social; los tesoros familiares que debían ser considerados más preciosos que todas las tierras y todas las riquezas, que todas las ambiciones y todas las glorias, por sus hijos y los hijos de sus hijos hasta el fin de su estirpe.

En la vida familiar cumplía con sus deberes hacia los nuestros con honor, delicadeza y bondad. Creo que, a su manera, nos amaba a todos; pero nosotros, sus descendientes, teníamos que compartir su corazón con sus antepasados: éramos tanto su propiedad doméstica como sus hijos.

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