Cuando a los ciegos se les opera para devolverles la vista, la misma mano bondadosa que les ha abierto el mundo visible, vuelve a cerrarles el brillante panorama de inmediato, por un tiempo.
Se les pasa un vendaje sobre los ojos para que, en la primera fragilidad del sentido recuperado, este no resulte afectado fatalmente por la repentina transición de la oscuridad a la luz.
Pero entre el terrible vacío de la privación total de la visión y el vacío temporal de la visión simplemente velada, existe la más vasta diferencia.
En el momento de su restauración, los ciegos han tenido un solo destello de luz, que les ha brillado con un fulgor avasallador, el cual el velo más espeso y tupido no puede extinguir.
La nueva oscuridad no se parece a la oscura vacuidad de antaño; está llena de cambiantes visiones de colores brillantes y formas siempre variadas, que ascienden, descienden, giran de aquí para allá a cada segundo.
Aun cuando se les pasa el pañuelo por encima, los ojos otrora ciegos, aunque firmemente vendados, ya no están ciegos como antes.
Así sucedió con mi visión mental. Tras el total olvido y la oscuridad de un desmayo profundo, la conciencia centelleó como la luz en mi mente cuando me encontré en presencia de mi padre y en mi propio hogar. Pero, casi en el mismo momento en que desperté por primera vez al influjo desconcertante de aquella visión, una nueva oscuridad cayó sobre mis facultades—una oscuridad que, esta vez, no era un olvido total; una