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Carta III

cuando acompañó a mi hermano y a mi hermana a Cornualles —esto sentía— y puse en sus manos, para su lectura estrictamente privada, el relato que había escrito de mi error y de sus terribles consecuencias. Contarle todo lo que me había sucedido con mis propios labios era más de lo que entonces podía hacer; e incluso tras el paso de los años, seguiría siéndome imposible hoy. > > Después de leer el relato, me instó, al devolvérmelo, a permitir su publicación en vida. Reconocí la justicia de las razones que lo llevaron a aconsejarme tal cosa; pero le advertí, al mismo tiempo, de que un obstáculo que estaba obligado a respetar me impediría seguir su consejo. Mientras mi padre viviera, no podía consentir que se hiciera de dominio público un manuscrito en el que él aparecía representado (sin importar cuán excesiva hubiera sido la provocación) como un hombre que se apartaba con la más agria hostilidad de su propio hijo. No podía permitir que sucesos de los que jamás volvimos a hablar por nuestra cuenta se entregaran a otros en forma de impreso que tal vez cayera bajo sus propios ojos. Usted reconoció, según recuerdo, la rectitud de estas consideraciones y prometió, en caso de que yo muriera antes que él, retener mi manuscrito y no publicarlo mientras viviera mi padre. Al comprometerse a ello, sin embargo, estipuló, y yo accedí, a que reconsiderara sus argumentos en el supuesto de que le sobreviviera. Esta fue mi promesa y estas fueron las circunstancias en las que se hizo. Habrá de admitir, creo, que mi memoria es más exacta de lo que había imaginado. > > Y ahora me escribe para recordarme mi parte del acuerdo —evitando, con su

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