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XII

sus engaños; pero en el trato entre caballeros esa garantía basta. Quédate aquí todo el tiempo que quieras: nos encantará verte en el campo cuando puedas marcharte de la

Él se volvió hacia Clara. —Supongo, mi amor, que ya no me necesitas. Mientras yo arreglo mis propios asuntos de negocios, tú puedes apañar lo de las librerías con tu hermano. Lo que desees, estaré encantado de hacerlo.

Y salió de la habitación sin hablarme ni volver a mirarme. Me dejé caer en un sillón, sintiéndome envilecido ante mis propios ojos por las últimas palabras que me había dirigido. Su confianza en mi honor era su única garantía de que yo no lo engañaría. Mientras reflexionaba sobre aquella declaración, cada sílaba de la misma parecía abrasar mi conciencia; grababa la palabra «Hipócrita» en mi corazón.

Me volví hacia mi hermana. Estaba de pie a poca distancia de mí, silenciosa y pálida, retorciendo mecánicamente la cinta métrica que aún sostenía entre sus dedos temblorosos, y clavando en mí los ojos con tanta ternura y tanto dolor que mi fortaleza flaqueó al mirarla.

En aquel instante, me pareció olvidar todo lo que había pasado desde el día en que conocí por primera vez a Margaret, y verme restituido una vez más a mi antigua forma de vida y a mis viejos afectos del hogar. Mi cabeza cayó sobre mi pecho y sentí que las lágrimas calientes se habrían paso a la fuerza en mis ojos.

Clara se acercó sigilosamente a mi lado; y sentándose junto a mí en silencio, me pasó el brazo por el cuello.

Cuando estuve más calmada, ella dijo con suavidad:

“He estado muy preocupada por ti, Basil; y tal vez he dejado ver esa preocupación más de la cuenta. Tal vez me haya acostumbrado a exigirte

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