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VII

mismo tiempo, es justo informarle que el caballero que la atiende no comparte mi opinión: él todavía cree que hay buenas probabilidades de salvarla. > > No cabe la menor duda de que se contagió de tifus en el hospital. Quizá recuerde que le conté cómo su agitación pareció haberle hecho perder el dominio de sí misma al entrar en la sala, y cómo corrió hacia la cama equivocada antes de que la enfermera pudiera detenerla. El hombre al que confundió de este modo con Turner padecía una fiebre que aún no se había manifestado específicamente, pero que sí lo hizo, como fiebre tifoidea, la mañana en que usted y su hermano vinieron al hospital. El trastorno de este hombre debió de ser contagioso cuando la joven se inclinó muy cerca de él, bajo la impresión de que era la persona a la que había venido a ver. Aunque retrocedió de inmediato al descubrir su error, había respirado la infección en su organismo; su agitación mental en ese momento, acompañada (según he sabido después) de cierta debilidad física, la volvió especialmente vulnerable al peligro al que se había expuesto por accidente. > > Desde que aparecieron los primeros síntomas de su enfermedad, el sábado pasado, no he podido constatar que se haya cometido ningún error en el tratamiento médico, según me lo han reportado. Hoy permanecí un buen rato junto a su lecho, observándola. El delirio, que es más o menos un resultado inevitable del tifus, está particularmente marcado en su caso y se manifiesta tanto en el habla como en los gestos. Ha sido imposible tranquilizarla por cualquiera de los medios probados hasta ahora. Mientras la vigilaba, no dejó de pronunciar su nombre y de suplicar verlo.

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