En el campo no le importaba otra cosa que la caza y los tiros; era tan difícil obligarle a ir a una gran cena campestre de la provincia como hacerle ir a la iglesia. En la ciudad, frecuentaba los teatros, tanto detrás del escenario como delante; agasajaba a actores y actrices en Richmond; ascendía en globos en Vauxhall; iba de un lado para otro con policías de incógnito, conociendo la vida entre carteristas y ladrones de casas; pertenecía a un club de whist, a un club nocturno, a un club coral, a uno de boxeo, a uno de pícnic, a un club de teatro aficionado y, en suma, llevaba una vida tan descuidada y sociable que mi padre, ultrajado en cada uno de sus prejuicios familiares y sus refinamientos familiares, casi dejó de hablarle y lo veía lo menos posible. De vez en cuando, la intervención de mi hermana los reconciliaba de nuevo por poco tiempo; la influencia de ella, por muy suave que fuera, se dejaba sentir siempre con gran fuerza para el bien, pero no podía cambiar la naturaleza de mi hermano. Por mucho que ella persuadiera e implorara con desvelo, él siempre acababa por perder otra vez el favor paterno, pocos días después de habérselo ganado.
Al fin, los asuntos llegaron a un punto crítico a causa de una incómoda aventura amorosa de Ralph con la hija de uno de nuestros arrendatarios. Mi padre actuó en la ocasión con su decisión habitual. Determinó aplicar un remedio desesperado: dejar que el indómito hijo mayor consumiera su carrera en libertad, en el extranjero, hasta haberse cansado por completo y poder regresar a casa convertido en un hombre sensato. En consecuencia, le consiguió a mi hermano un puesto de agregado en una embajada extranjera e insistió en que abandonara Inglaterra de inmediato. Por una vez, Ralph se mostró dócil. No sabía ni le importaba