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Carta de Dedicatoria

Dirigiendo, pues, a mis personajes y a mi historia hacia la luz de la realidad dondequiera que pude encontrarla, no he vacilado en quebrantar algunas de las convenciones de la ficción sentimental.

Por ejemplo, el primer encuentro amoroso de dos de los personajes de este libro tiene lugar (allí donde ocurrió el encuentro amoroso real en el que se inspira) en el último lugar y bajo las últimas circunstancias que los artificios de la escritura sentimental autorizarían.

¿Despertarán mis amantes ridículo en vez de interés, por haberlos representado fidedignamente viéndose el uno al otro donde cientos de otros amantes se han visto por primera vez, como cientos de personas admitirán gustosos cuando lean el pasaje al que me refiero? Soy lo suficientemente optimista como para pensar que no.

Así también, en ciertas partes de este libro en las que he intentado despertar el suspense o la compasión del lector, he admitido como accesorios perfectamente adecuados para la escena los sonidos callejeros más ordinarios que pudieran escucharse, y los acontecimientos callejeros más ordinarios que pudieran ocurrir, en el tiempo y en el lugar representados; convencido de que, al añadir verdad, añadían tragedia —añadiendo con toda la fuerza del contraste justo—, añadiendo como ningún artificio de la mera escritura podría hacerlo jamás, por muy astutamente que fuesen introducidos por una mano por muy mañosa que fuera.

Permitidme que me detenga un momento más en la historia que contienen estas páginas.

Creyendo que la novela y la obra de teatro son hermanas gemelas en la familia de la ficción; que la una es un drama narrado, así como la otra es un drama actuado; y que todas las emociones intensas y profundas que el dramaturgo tiene el privilegio de suscitar, el novelista tiene el privilegio de suscitarlas también, no he considerado ni prudente ni necesario, al

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