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I

Nos hallábamos en un páramo; un lago quieto y negro de aguas muertas se extendía ante nosotros; una luz blanca, tenue y brumosa nos iluminaba. Extendidos sobre el suelo pestilente yacían los escombros de una casa, arrancada de raíz y derribada hasta sus cimientos. Las figuras demoníacas, que aún vigilaban a cada lado de mí, me arrastraron lentamente hacia las piedras caídas y señalaron dos cuerpos sin vida que yacían entre ellas.

¡Mi padre!⁠—¡mi hermana!⁠—ambos fríos y quietos, y más blancos que la luz blanca que me los mostraba. Los demonios a mi lado extendieron sus garras corvas y me prohibieron arrodillarme ante mi padre, o besar el pálido rostro de Clara, antes de marchar al tormento. Me dejaron inmóvil en el sitio donde estaba⁠—y volvieron a desvelar sus rostros hidiondos, mofándose de mí en señal de triunfo. Al poco, el lago de aguas negras se agitó, desbordándose y absorbiéndonos en silencio hacia sus profundidades centrales⁠—profundidades que eran infinitas; profundidades de oscuridad sin rayos, en las cuales girábamos lentamente en redondo, cada vez más y más hondo en cada vuelta. Sentí los cuerpos de mi padre y de mi hermana rozándome en un contacto helado: extendí mis brazos para abrazarlos y hundirme con ellos; y la pareja de demonios se deslizó entre nosotros, separándome de ellos. Este vano esfuerzo por unirme a mis deudos muertos cuando nos tocábamos en el lento e infinito remolino, continuaba sin cesar y era siempre frustrado del mismo modo. Aún nos hundíamos separados, por los abismos negros del lago; aún no había luz, ni sonido, ni cambio, ni pausa de reposo⁠—y esto era la eternidad: ¡la eternidad del Infierno!

Tal fue una visión onírica de entre las muchas que vi. Debió de ser por entonces cuando pusieron a hombres a vigilarme día y noche (según supe después), para retenerme en la cama cuando un acceso de fuerza convulsiva me volvía peligroso para mí mismo y para cuantos me rodeaban.

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