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IX

Nada se movía todavía en North Villa. Seguí andando, más allá de las últimas casas, hacia los campos londinenses cubiertos de hollín; e intenté pensar en el rumbo que debía seguir para ver a Margaret, y hablar con ella, antes de emprender de nuevo el regreso a casa. Transcurrido más de medio hora, regresé a la plaza, sin plan ni proyecto; pero decidido, no obstante, a salir con la mía.

La verja del jardín de North Villa estaba abierta. Una de las sirvientas de la casa estaba de pie en ella, para respirar aire fresco y mirar a su alrededor, antes de que comenzaran las tareas del día. Me acerqué, decidido a asegurar sus servicios, si el dinero y la persuasión podían lograrlo.

She was young (that was one chance in my favour!)⁠—plump, florid, and evidently not by any means careless about her personal appearance (that gave me another!) As she saw me approaching her, she smiled; and passed her apron hurriedly over her face⁠—carefully polishing it for my inspection, much as a broker polishes a piece of furniture when you stop to look at it.

—¿Estás al servicio del señor Sherwin? —pregunté, al llegar a la verja del jardín.

“De cocinera rasa, señor”, contestó la muchacha, dándose en la cara un último y furioso refregón con el delantal.

“¿Te sorprendería mucho que te pidiera un gran favor?”

—Vaya⁠—de verdad, señor⁠—¡para mí es usted un perfecto desconocido⁠—seguro que no lo sé! Se detuvo, y pasó de frotarse el delantal a frotarse los brazos.

“Espero que no seamos extraños por mucho tiempo. ¿Qué le parece si comienzo nuestra relación diciéndole que se vería más bonita con unas

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