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IV. El hijo mayor

nada de la diplomacia; pero le agrada la idea de vivir en el continente, así que se despidió de su hogar con su mejor semblante. Mi padre lo vio partir con mal disimulada agitación y aprensión; aunque fingía sentirse satisfecho de que, por voluble e ocioso que fuera Ralph, era incapaz de deshonrar voluntariamente a su familia, ni siquiera en sus momentos más temerarios.

Después de esto, supimos poco de mi hermano. Sus cartas eran escasas y breves, y por lo general terminaban con peticiones de dinero. La única noticia importante sobre él que nos llegó, nos llegó a través de los canales públicos.

Estaba labrándose una sólida reputación a escala continental, una reputación cuya mera mención hacía estremecer a mi padre. Se había batido en duelo; había importado un nuevo baile de Hungría; se había apañado para conseguir al groom más diminuto jamás visto a bordo de un cabriolé; le había arrebatado a todos sus competidores a la reina indiscutible de las bailarinas de ópera del momento; un gran cocinero francés había compuesto un gran plato francés y lo había bautizado con su nombre; se entendía que era el «amigo desconocido» a quien una condesa polaca y literata había dedicado sus Cartas contra la restricción del vínculo matrimonial; una metafísica alemana de sesenta años se había enamorado de él (platónicamente) y le había dado por escribir novelas eróticas en su vejez. ¡Tales eran algunos de los rumores que llegaban a los oídos de mi padre sobre el tema de su hijo y heredero!

Después de una larga ausencia, vino a casa de visita. ¡Qué bien recuerdo el asombro que produjo en toda la casa! Se había convertido en un extranjero por sus modales y su apariencia. * Sus bigotes eran

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