«¿Cómo iba a sospechar algo? Si sospechara, estaría muy mal sin un buen motivo; pero no debía sospechar, y no lo hacía, por
Nunca obtuve de ella respuestas más inteligibles que estas.
Atribuyendo su confusión a la agitación nerviosa que la afectaba en mayor o menor medida cuando hablaba sobre cualquier asunto, pronto dejé de hacer esfuerzos para inducirla a explicarse; y decidí buscar la clave del carácter del señor Mannion sin buscar la ayuda de nadie.
El azar me dio por fin la oportunidad de conocer algo de sus costumbres y opiniones; y, por tanto, en la medida de lo posible, de conocer algo del hombre mismo.
Una noche, me lo encontré en el vestíbulo de North Villa, dispuesto a salir de la casa al mismo tiempo que yo, tras una consulta de negocios en privado con el señor Sherwin. Salimos juntos.
El cielo estaba inusualmente negro; la atmósfera nocturna, inusualmente opresiva y silenciosa. El rumor de un trueno lejano sonaba débil y lúgubre a nuestro alrededor. Los relámpagos difusos, que destellaban rápidos y bajos en el horizonte, hacían que el firmamento oscuro pareciera un espeso velo, que subía y bajaba incesantemente, sobre un cielo de luz deslumbrante detrás de él.
Los pocos transeúntes que se cruzaron con nosotros pasaron corriendo, pues ya caían del cielo gruesas gotas de advertencia. Aceleramos el paso; pero antes de que hubiéramos caminado doscientos metros, la lluvia se precipitó, furiosa y empapante; y los truenos comenzaron a resonar temiblemente, justo encima de nuestras cabezas.
—Mi casa está muy cerca —dijo mi compañero, con la misma tranquilidad y frialdad de costumbre—, pase, caballero, por favor, hasta que pase la tormenta.