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II. El primer cambio

confianza del señor Sherwin era con toda seguridad uno de los hombres más apuestos que jamás haya contemplado. Visto separadamente de la cabeza (que era más bien grande, tanto por delante como por detrás), su rostro mostraba en todo su conjunto una simetría de proporciones casi perfecta. * Su frente calva era lisa y maciza como el mármol; * sus cejas arqueadas y sus párpados delgados tenían la firmeza y la inmovilidad del mármol, y parecían igual de fríos; * sus labios de formas delicadas, cuando no estaba hablando, se cerraban por hábito, tan inmutables y quietos como si ningún soplo de vida pasara jamás por ellos. No había ni una sola arruga ni línea en todo su rostro. A no ser por la calvicie frontal, y por las canas en la parte posterior y a los lados de la cabeza, habría sido imposible adivinar su edad por su aspecto, ni siquiera dentro de un margen de diez años respecto a la que

Tal era su semblante en cuanto a su forma; pero en lo que constituye la afirmación externa de nuestra inmortalidad⁠—en la expresión⁠—era, tal como ahora lo contemplaba, un vacío absoluto. Jamás antes había visto un rostro humano que desafiara toda indagación como el suyo. Ninguna máscara habría podido ser lo suficientemente inexpresiva como para asemejársele; y, sin embargo, parecía una máscara. No revelaba nada de sus pensamientos al hablar; nada de su carácter al guardar silencio. Sus fríos ojos grises no ofrecían ninguna ayuda al intentar estudiarlo. Jamás se apartaban de aquella mirada fija y directa, que era exactamente la misma para Margaret que para mí; para la señora Sherwin que para el señor Sherwin⁠—exactamente la misma tanto si hablaba como si escuchaba; tanto si conversaba sobre asuntos indiferentes como importantes. ¿Quién era? ¿Qué era? Su nombre y su profesión eran pobres respuestas a esas preguntas. ¿Era de corazón naturalmente frío e

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