Me había helado el aspecto desolado de la naturaleza al acercarme a la Mansión; la acogida que me dio mi padre al entrar en la casa aumentó las impresiones de desamparo y melancolía que se habían agolpado en mi mente; hizo falta todo el afectuoso calor de la bienvenida de Clara, todo el placer de oírla susurrar sus gracias, mientras me besaba, por mi prontitud en seguir su consejo, para devolverme la ecuanimidad. Pero aun entonces, cuando la prisa y la emoción iniciales del reencuentro hubieron pasado, a pesar de sus palabras y miradas afectuosas, había algo en su rostro que me deprimía. Parecía más delgada, y su palidez congénita era más marcada que de costumbre. Las preocupaciones y la zozobra la habían agobiado claramente; ¿era yo la causa de ellas?
La cena de aquella tarde transcurrió con mucha pesadez y sombría melancolía.
Mi padre solo habló de temas generales y banales, como si hubiera estado presente un simple conocido.
Cuando mi hermana nos dejó, él también abandonó la estancia para ver a alguien que había llegado por asuntos de negocios.
No me apetecía la compañía de las botellas de vino, así que seguí a Clara.
Al principio solo hablamos de sus ocupaciones desde que estaba en el campo; yo no quería, y ella se abstenía, tocar el tema de mi larga estancia en Londres, ni del evidente disgusto de mi padre por mi prolongada ausencia.
Había cierta tensión entre nosotros, que ninguno de los dos se atrevía a romper. Poco después, sin embargo, un incidente, bastante trivial en sí mismo, me obligó a ser más sincero y le permitió a ella hablar sin reservas sobre el asunto que más le importaba.