Hasta entonces le había escuchado sin abogar una sola palabra en mi propia defensa; pero su último discurso me hizo reaccionar. Algo de su orgullo se agitó en mi corazón contra la amargura de su desprecio. Levanté la cabeza y le sostuve la mirada por primera vez; luego, aparté de mí los recados de escribir y dejé mi sitio en la mesa.
—¡Alto! —gritó—. ¿Pretendes que no me has entendido?
“Es porque le he comprendido, señor, por lo que me voy. He merecido su cólera y he tolerado sin una queja todo lo que esta ha podido infligir. Si no ve en mi conducta hacia usted ninguna mitigación de mi ofensa; si no puede contemplar la vergüenza y el agravio infligidos a mí con un dolor en el que se mezcle algo de compasión, tengo, creo, el derecho de pedir que su desprecio sea silencioso y que sus últimas palabras para mí no sean palabras de insulto”.
“¡Insulto! Después de lo que ha sucedido, ¿le corresponde a usted pronunciar esa palabra en el tono en que acaba de hacerlo? ¡Se lo repito, exijo su compromiso por escrito como exigiría el compromiso de un extraño; lo tendré, antes de que salga de esta habitación!
“Todo, y más de todo lo que ese compromiso degradante pudiera implicar, lo haré. Pero aún no he caído tan bajo como para dejarme sobornar para cumplir con un deber. Usted quizás pueda olvidar que es mi padre; yo jamás podré olvidar que soy su hijo”.
—El recuerdo de poco te servirá mientras yo viva. Te lo repito, insisto en tu compromiso por escrito, aunque solo sea para demostrar que he dejado de creer en tu palabra. Escribe ahora mismo... ¿me oyes?... ¡Escribe!
No me moví ni respondí. Su rostro volvió a cambiar y se puso lívido; sus dedos temblaron convulsivamente y arrugaron la hoja de papel cuando intentó tomarla de la mesa sobre la que yacía.