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IV

lo afirmo de ella: Margaret Sherwin es culpable; ya no es digna de ser llamada su esposa.

Pronunció las últimas palabras con lentitud, con claridad, solemnemente.

Hasta que se pronunció aquella terrible denuncia, su marido nos había estado mirando con malhumor y desconfianza, mientras estábamos juntos; pero, mientras ella la pronunciaba, sus ojos cayeron y apartó la cabeza en silencio.

Él nunca levantó la vista, jamás se movió ni la interrumpió mientras ella continuaba, dirigiéndose aún a mí; pero hablando ahora muy despacio y con esfuerzo, haciendo pausas cada vez más largas entre cada frase.

“De esta habitación voy a mi lecho de muerte. Las últimas palabras que pronuncie en este mundo serán para mi esposo, y cambiarán su corazón hacia ti. He tenido poca fuerza de voluntad” (al decir esto, una extraña dulzura y melancolía comenzó a filtrarse en su tono), “miserable, culpablemente poca fuerza, toda mi vida. Mucho dolor, sufrimiento y amarga desilusión, cuando era joven, me causaron un gran daño del que nunca me he recuperado desde entonces. He vivido siempre con miedo de los demás y duda de mí misma; y esto me ha hecho culpable de un gran pecado hacia ti. ¡ Perdóname antes de que muera! Sospechaba de la culpa que se estaba fraguando; presagiaba la vergüenza que vendría; la ocultaron a los ojos de los demás; pero, desde el principio, ¡no pudieron ocultarla de los míos, y aun así nunca te advertí como debía! ¡Ese hombre tenía el poder de Satanás sobre mí! ¡Siempre temblaba ante él, como solía temblar ante la oscuridad cuando era una niña pequeña!

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