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II

Sombría y penosamente transcurrieron los días de mi convalecencia. Tras aquel primer exabrupto de dolor en la tarde en que reconocí a mi hermana, y murmuré su nombre mientras ella se sentaba a mi lado, cayó sobre todas mis facultades un sordo y pesado trance de dolor mental.

No me atrevo a describir qué recuerdos de la mujer culpable que me había engañado y arruinado roían ahora incesante y venenosamente mi corazón. Mis fuerzas corporales revivieron débilmente, pero mis energías mentales no dieron jamás señales de recuperarse con ellas. La considerada paciencia de mi padre y la triste reserva de Clara al tocar el tema de mi larga enfermedad, o de las palabras desatinadas que se me habían escapado en mi delirio, me advertían silenciosa y gentilmente que había llegado el momento en que debía la tardía reparación de la confesión a la familia que había deshonrado; y, sin embargo, no tenía valor para hablar, ni resolución para soportar. La gran miseria del pasado me cerraba por igual el presente y el futuro; toda facultad activa de mi mente parecía destruida irremediablemente y para siempre.

Había momentos⁠—las más de las veces en las primeras horas de la mañana, mientras la pesadez del sueño nocturno aún flotaba sobre mí en mi vigilia⁠— en los que apenas podía darme cuenta de la calamidad que se había abatido sobre mí; en los que parecía que debí de haber soñado, durante la noche, con escenas de crimen, aflicción y dura prueba que en realidad nunca habían tenido lugar.

¿Cuál era el secreto de la terrible influencia que⁠—aun siendo ella la más vil de las viles⁠— Mannion debió de haber ejercido sobre Margaret Sherwin para inducirla a sacrificarme por él? Incluso el crimen en sí no era más abismal e increíble que el misterio en el que sus perversos motivos, y la manera en que maduró su maldad, seguían impenetrablemente velados.

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