Sombría y penosamente transcurrieron los días de mi convalecencia. Tras aquel primer exabrupto de dolor en la tarde en que reconocí a mi hermana, y murmuré su nombre mientras ella se sentaba a mi lado, cayó sobre todas mis facultades un sordo y pesado trance de dolor mental.
No me atrevo a describir qué recuerdos de la mujer culpable que me había engañado y arruinado roían ahora incesante y venenosamente mi corazón. Mis fuerzas corporales revivieron débilmente, pero mis energías mentales no dieron jamás señales de recuperarse con ellas. La considerada paciencia de mi padre y la triste reserva de Clara al tocar el tema de mi larga enfermedad, o de las palabras desatinadas que se me habían escapado en mi delirio, me advertían silenciosa y gentilmente que había llegado el momento en que debía la tardía reparación de la confesión a la familia que había deshonrado; y, sin embargo, no tenía valor para hablar, ni resolución para soportar. La gran miseria del pasado me cerraba por igual el presente y el futuro; toda facultad activa de mi mente parecía destruida irremediablemente y para siempre.
Había momentos—las más de las veces en las primeras horas de la mañana, mientras la pesadez del sueño nocturno aún flotaba sobre mí en mi vigilia— en los que apenas podía darme cuenta de la calamidad que se había abatido sobre mí; en los que parecía que debí de haber soñado, durante la noche, con escenas de crimen, aflicción y dura prueba que en realidad nunca habían tenido lugar.
¿Cuál era el secreto de la terrible influencia que—aun siendo ella la más vil de las viles— Mannion debió de haber ejercido sobre Margaret Sherwin para inducirla a sacrificarme por él? Incluso el crimen en sí no era más abismal e increíble que el misterio en el que sus perversos motivos, y la manera en que maduró su maldad, seguían impenetrablemente velados.