Cuando una familia posee una gran propiedad territorial, el miembro de esa familia que muestra menos interés por su bienestar; el que es menos amigo del hogar, el menos vinculado por sus propias simpatías a sus parientes, el menos dispuesto a aprender sus deberes o a admitir sus responsabilidades, es a menudo ese mismo individuo que ha de suceder en la herencia familiar: el hijo mayor.
Mi hermano Ralph no fue una excepción a esta observación. Nos educaron juntos. Terminada nuestra educación, nunca volví a verle, salvo por breves períodos.
Estuvo casi siempre en el continente durante algunos años después de salir de la universidad. Y cuando regresó definitivamente a Inglaterra, no volvió a vivir bajo nuestro techo. Tanto en la ciudad como en el campo era nuestro visitante, no nuestro coinquilino.
Lo recuerdo en la escuela: más fuerte, más alto, más apuesto que yo; muy por encima de mí en popularidad entre la pequeña comunidad en la que vivíamos; el primero en encabezar una hazaña audaz, el último en abandonarla; ora al final de la clase, ora a la cabeza; justo ese tipo de muchacho alegre, bullicioso, bien parecido y temerario, al que la gente mayor se giraría instintivamente para sonreírle al verlo pasar en un paseo matutino.
Luego, en la universidad, se hizo ilustre entre los remeros y los jugadores de críquet, famoso como tirador de pistola y temido como esgrimidor de vara ligera. No había en la universidad reuniones con vino que se compararan con las suyas; los comerciantes le daban la primera selección de todas las