Cuando de verdad la conocías, cuando te hablaba con total franqueza, como a un amigo, entonces el atractivo de su voz, de su sonrisa, de sus modales, te impresionaba de manera indescriptible. Sus palabras más insignificantes y sus acciones más comunes te interesaban y te deleitaba, sin saber muy bien por qué. Había una belleza en su sencillez modesta, en su natural —exquisitamente natural— bondad de corazón, de palabra y de trato, que ejercía sobre ti su propia influencia discreta, a pesar de cualquier otra influencia rival, fuera cual fuese. La echabas de menos y pensabas en ella, aun recién salido de la compañía de las mujeres más bellas y brillantes. Recordabas unas pocas palabras suyas, amables y agradables, cuando ya habías olvidado el ingenio de las damas más ingeniosas y la erudición de las más cultas. La influencia que así ejercía, y que ejercía inconscientemente, mi hermana sobre todos los que entraban en contacto con ella —sobre los hombres especialmente—, puede, a mi parecer, explicarse de manera muy sencilla, en muy pocas frases.
Vivimos en una época en la que demasiadas mujeres parecen ambicionar el despojarse moralmente de su sexo ante la sociedad, imitando el lenguaje y los modales de los hombres —especialmente en lo que se refiere a ese miserable dandismo moderno en el comportamiento, que pretende reprimir toda muestra de calidez en los sentimientos; que se abstiene de manifestar entusiasmo alguno sobre cualquier tema; que, en suma, se esmera en hacer de la inperturbabilidad artificiosa del rostro el fiel reflejo de la inperturbabilidad artificiosa de la mente. A las mujeres de este orden exclusivamente moderno les gusta usar expresiones de jerga en su conversación; adoptan una brusquedad bastardo-masculina en sus modales, una licencia bastardo-masculina en sus opiniones; se las dan de ridiculizar aquellas manifestaciones externas del sentimiento que pasan bajo la denominación general de «sentimiento».