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VI. El Encuentro

—No recibirá vuestra carta —dije yo. Ahí llegamos a un punto muerto. Empezó a tartamudear, y yo me despejé tomando un pellizco de rapé. Al ver que aquello no funcionaba, al fin se quitó la careta de romano y retomó la de comerciante. —Aun suponiendo que consintiera en este abominable arreglo, ¿qué va a ser de mi hija? —preguntó. —Exactamente lo mismo que es de otras personas que tienen cómodas rentas para vivir —respondí. —El afecto hacia mi profundamente agraviada hija casi me inclina a consultar sus deseos antes de que zanjemos nada; subiré arriba —dijo él. —Y yo os esperaré aquí abajo —dije yo.»

«¿Se opuso a eso?»

“Él no. Subió las escaleras y a los pocos minutos bajó corriendo con una carta abierta en la mano, con cara de que el diablo lo andaba persiguiendo antes de tiempo. En los últimos tres o cuatro escalones tropezó, se aferró a la barandilla, dejó caer la carta al otro lado al hacerlo, cayó al pasillo con tanta furia y espanto que parecía un loco, arrancó su sombrero de un gancho y salió precipitadamente.

Le justé oír decir que su hija volvería, aunque tuviera que ponerle una camisa de fuerza, al pasar junto a la puerta. Entre la caída, la furia y la prisa, ni se le ocurrió volver a buscar la carta que había dejado caer al otro lado de la barandilla.

La recogí antes de marcharme, sospechando que podría ser una buena prueba de nuestra parte; y no me equivoqué. Léala usted mismo, Basil; tiene todo el derecho moral y legal sobre tan preciado documento; y aquí la tiene”.

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