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IV. El hijo mayor

novedades; las jóvenes de la ciudad se enamoraban de él por docenas; los jóvenes tutores con tendencia al dandismo copiaban el corte de su abrigo y el nudo de su corbata; hasta los imponentes directores de los colegios mayores miraban con indulgencia sus faltas. El alegre, cordial y apuesto joven caballero inglés irradiaba un encanto que doblegaba a todos. * Aunque fui su blanco favorito, tanto en la escuela como en la universidad, jamás me peleé con él en la vida. * Siempre le permití que ridiculizara mi forma de vestir, mis modales y mis costumbres a su manera desenfrenada y bulliciosa, como si fuera parte de su derecho de nacimiento burlarse de mí todo lo que le viniera

Hasta entonces, mi padre no había tenido más preocupaciones con respecto a él que las ocasionadas por su gran vitalidad y sus cuantiosas deudas. Pero cuando regresó a casa —una vez pagadas las deudas, cuando a continuación se consideró necesario encauzar aquellas energías libres y despreocupadas hacia algo parecido a una disciplina útil—, entonces las pruebas y dificultades de mi padre comenzaron de verdad.

Era imposible hacer que Ralph comprendiera y apreciara su posición, tal como se deseaba que la comprendiera y la apreciara. El administrador abandonó desesperado todo intento de ilustrarlo sobre la extensión, el valor y la administración de las propiedades que iba a heredar. Se hizo un enérgico esfuerzo por infundirle ambición; por lograr que entrara en el parlamento. Se rio de la idea. A continuación, se le ofreció un cargo en la Guardia. Lo rechazó porque nunca se dejaría abotonar en una casaca roja; porque no se sometería a ninguna restricción, ni de la moda ni militar; porque, en suma, estaba decidido a ser su propio dueño. Mi padre le habló durante horas enteras sobre sus deberes y sus perspectivas, el cultivo de su mente y el ejemplo de sus antepasados, y le habló en vano. Bostezaba y se mostraba inquieto sobre las páginas blasonadas de su propio árbol genealógico, cada vez que se lo abierto ante los ojos.

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