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IX

¿Qué rumbo debía tomar a continuación? ¿Podía esperar que Margaret, después de lo que había dicho, volviera a salir a la misma hora al día siguiente? No: no iba a abandonar tan pronto la modestia y la reserva que había mostrado en nuestra primera entrevista. ¿Cómo comunicarme con ella? ¿Cómo ingeniármelas con mayor habilidad para consolidar la primera impresión favorable que, según me susurraba la vanidad, ya había causado? Decidí escribirle.

¡Qué diferente era la redacción de aquella carta de la escritura de aquellas páginas antaño atesoradas de mi romance, ¡que ahora había abandonado para siempre!

¡Qué lentamente trabajaba; con cuánta cautela y timidez construía oración tras oración, y con cuántas dudas ponía un punto aquí, y laboriosamente redondeaba un párrafo allá, cuando trabajaba al servicio de la ambición!

Ahora, cuando me había entregado al servicio del amor, ¡con qué rapidez corría la pluma sobre el papel; con cuánta más libertad y fluidez se convertían en palabras los deseos del corazón que los pensamientos de la mente!

La composición era un instinto ahora, un arte ya no más. Podía escribir con elocuencia, y aun así escribir sin detenerme a buscar una expresión ni tachar una palabra. ¡Era el lento ascenso por la colina, al servicio de la ambición; era la veloz (demasiado veloz) bajada por ella, al servicio del amor!

No hace falta describir el contenido de mi carta a Margaret; comprendían una mera recapitulación de lo que ya le había dicho. Insistí a menudo y con firmeza en el propósito honorable de mi pretensión; y terminé suplicándole que escribiera una respuesta y accediera a concederme otra entrevista.

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