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VII

Oí el ruido de unos pasos rápidos que avanzaban por la calle; se detuvieron bajo la ventana, y una voz que reconocí me llamó por mi nombre. Asomé la cabeza: el señor Bernard había regresado por fin.

—No pude volver antes —dijo—; el caso era desesperado y temía dejarlo. Encontrarás una llave en la chimenea; lánzamela y podré entrar; les dije que no pasaran el cerrojo antes de salir.

Obedecí sus instrucciones. Cuando entró en la habitación, me pareció que Margaret se movía un poco y le hice una seña con la mano para que no hiciera ruido.

Miró hacia la cama sin mostrar la menor sorpresa y me preguntó en un susurro cuándo se había producido el cambio en ella y cómo. Se lo conté muy brevemente y le pregunté si había conocido cambios así en otros casos como el suyo.

—Muchos —respondió—, muchos cambios igual de extraordinarios, que han avivado esperanzas que jamás vi realizadas. Espere lo peor del cambio del que ha sido testigo; es un signo fatal.

Aun así, a pesar de lo que había dicho, parecía como si temiera despertarla; pues hablaba en un tono muy bajo y caminaba con suma suavidad cuando se acercaba a la cabecera de la cama.

Se detuvo de repente, justo cuando iba a tomarle el pulso, y miró en dirección a la puerta de cristal —escuchó atentamente— y dijo, como para sí mismo—: «Me pareció oír que alguien se movía en esa habitación, pero supongo que me equivoco; todavía no puede haber nadie levantado en la casa». Con esas palabras miró a Margaret y le retiró suavemente el cabello de la frente.

—No la molestes —suspurré—, está dormida; ¡seguro que está dormida!

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