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XI

Estaba demasiado atónito, demasiado abrumado, para decir nada en ese momento; el señor Sherwin continuó:

“Este plan mío, ya ve usted, lo reconcilia todo. Si ocurre algún percance, y nos descubren, bueno, pues su padre no podrá hacer nada para impedir el enlace, porque el enlace ya se habrá efectuado. Y, al mismo tiempo, me aseguro un año de prórroga para el fortalecimiento de su constitución, la culminación de sus logros, y todo lo demás. Además, ¡qué oportunidad brinda esto de andar con pies de plomo todo lo que uno quiera al ir revelándole el asunto, poco a poco, a su padre, sin miedo a las consecuencias, en caso de que al final se ponga intratable! ¡A fe mía, querido caballero, creo que merezco cierto mérito por haber ideado este plan—lo deja todo tan bien atado y derecho, y por supuesto satisface los deseos de todas las partes! No hace falta que le diga que tendrá todas las facilidades para ver a Margaret, bajo las restricciones—bajo las restricciones, ya comprende. La gente podrá hablar de sus visitas; pero habiendo obtenido el certificado, y sabiendo que todo está seguro y arreglado, eso no me importará. Bueno, ¿qué dice? tómese su tiempo para pensarlo, si así lo desea—¡solo recuerde que tengo la más absoluta confianza en su honor, y que actúo movido por un sentimiento paternal hacia los intereses de mi querida muchacha!”. Se detuvo, sin aliento debido a la extraordinaria locuacidad de su larga perorata.

Algunos hombres con más experiencia en el mundo, menos dominados por el amor que yo, habrían reconocido en mi posición que esta propuesta era una prueba injusta de autodominio —tal vez también algo parecido a una humillación injusticia—. Otros habrían detectado los motivos egoístas que la sugirieron: la mezquina desconfianza hacia mi honor, integridad y firmeza de

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