través del más querido y el más valiente de ellos—» acudió de repente a mí; y trajo consigo un pensamiento que me instó a continuar mi camino al instante. No volví a mirar atrás mientras seguía caminando, pues me dije a mí mismo:—«Si me está siguiendo, no debo ni quiero evitarlo: será el mejor resultado de mi partida el atraer tras de mí a esa presencia destructora; ¡y alejarla así, al menos, de manera segura y lejana de mi familia y de mi hogar!».
Así pues, ni me desvié del camino recto, ni apresuré mis pasos, ni volví a mirar atrás.
A la hora que había decidido, salí de Londres rumbo a Cornualles, sin hacer ningún intento de ocultar mi marcha.
Y aunque sabía que él sin duda debía de seguirme, aun así nunca volví a verle; nunca descubrí cuán cerca o cuán lejos iba tras mis pasos.
Han pasado dos meses desde aquel período; y ahora no sé más de él que lo que sabía entonces.