Aqu aquella noche volví a casa sin nada de la renuencia ni de la aprehensión que había sentido en la última ocasión, cuando me hube aproximado a nuestra propia puerta. La seguridad de éxito contenida en los acontecimientos de la tarde me otorgaba una confianza en mi propio aplomo —una fe en mi propia capacidad para esquivar todas las preguntas peligrosas— que no había experimentado antes. No me importaba cuán pronto, ni por cuánto tiempo, pudiera hallarme en compañía de Clara o de mi padre. Fue una suerte para la preservación de mi secreto que me encontrara en este estado de ánimo; pues, al abrir la puerta de mi estudio, me sorprendió ver a ambos en mi habitación.
Clara estaba midiendo uno de mis abarrotados estantes de libros con un trozo de cuerda, y al parecer se disponía justamente a comparar la longitud de esta con un espacio vacío en la pared cercana, cuando entré.
Al verme, se detuvo; y miró de reojo de manera significativa a mi padre, que estaba de pie cerca de ella, con un manojo de papeles en la mano.
—Es muy posible que te sorprendas, Basil, de esta invasión de tus dominios —dijo, con un tono de inusual amabilidad—; sin embargo, debes pedirle explicaciones a la primera ministra de la casa —señalando a Clara—. Yo no soy más que el instrumento de una conspiración doméstica urdida por tu hermana.
Clara parecía dudar si debía hablar. Era la primera vez que veía semejante expresión en su rostro al mirarme.
—Estamos descubiertos, papá —dijo, tras un momento de silencio—, y debemos dar explicaciones: pero ya sabes que siempre te dejo a ti tantas explicaciones como puedo.