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VIII

Al cuarto día de la mañana en que había muerto, me encontraba a solas en el cementerio junto a la tumba de Margaret Sherwin.

A mí me había tocado presenciar sus últimos momentos; a mí me había tocado conceder a sus restos la última caridad humana que los vivos pueden ofrecer a los muertos.

¡Si hubiera podido asomarme al futuro en el día de nuestra aciaga boda, y haber sabido que el único hogar provisto por mí que ella llegaría a habitar sería el hogar de la tumba!⁠—

Su padre me había escrito una carta, que destruí en aquel momento y que, de tenerla ahora, me abstendría de copiar en estas páginas.

Básteme relatar aquí que nunca le perdonó la acción con la que ella frustró sus mercenarios designios hacia mí y hacia mi familia; que desvió de sí mismo la sospecha y el desagrado de los parientes supervivientes de su esposa (cuya hostilidad tenía algunas razones pecuniarias para temer), acusando a su hija, tal como había declarado que la acusaría, de haber sido la verdadera causa de la muerte de su madre; y que se cuidó de dar apariencia de sinceridad a la indignación que decía sentir contra ella, negándose a acompañar sus restos hasta el lugar de sepultura.

Ralph había regresado a Londres tan pronto como recibió la carta del señor Bernard que yo le había enviado. Me ofreció su ayuda para cumplir con los últimos deberes encomendados a mi cuidado, con una afectuosa sinceridad que nunca antes le había visto mostrar hacia mí. Pero el señor Bernard se había ofrecido generosamente a liberarme de toda responsabilidad que pudiera ser asumida por otros; y en esta ocasión, por

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