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III

Siempre consideré a mi padre⁠—hablo de él en pasado, porque ahora estamos separados para siempre; porque en adelante está tan muerto para mí como si la tumba lo hubiera sepultado⁠—, siempre consideré a mi padre como el hombre más orgulloso que jamás conocí; el hombre más orgulloso del que jamás oí hablar. El suyo no era ese orgullo convencional que las ideas populares suelen caracterizar por un porte rígido y majestuoso; por una expresión inflexible en las facciones; por una entonación de voz dura y severa; por discursos prefabricados de desprecio hacia la pobreza y los harapos, y por una fanfarronería rapsódica sobre la alcurnia y la buena cuna. El orgullo de mi padre no tenía nada de todo eso. Era ese orgullo silencioso, negativo, cortés y entrañable que solo la observación más detallada podía detectar; que ningún observador corriente detectaba jamás.

¿Quién que lo observara hablando con cualquiera de los granjeros en alguna de sus propiedades⁠—quién que viera la manera en que se quitaba el sombrero cuando se cruzaba por casualidad con alguna de las esposas de esos granjeros⁠—quién que advirtiera su cálida bienvenida al hombre del pueblo, cuando ese hombre resultaba ser un genio⁠—lo habría considerado orgulloso? En ocasiones como estas, si tenía algo de orgullo, era imposible detectarlo. Pero viéndolo cuando, por ejemplo, un autor y un parién recién creado y sin linaje entraban juntos a su casa⁠—observando meramente la manera totalmente diferente en que le daba la mano a cada uno⁠—notando que la cordialidad educada era toda para el hombre de letras, que no competía con su rango familiar, y la formalidad educada toda para el hombre con título, que sí lo hacía⁠—uno descubría dónde y cómo era orgulloso en un instante. Aquí radicaba su punto susceptible. La aristocracia de rango, separada de la aristocracia de linaje, no era aristocracia para él. Estaba celoso de ella; la odiaba. Plebeyo como

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