absorbente incertidumbre. Mientras esperaba ahora a solas en mi habitación, los sonidos y sucesos más ordinarios de la casa, que jamás recordaba haber notado antes, me cautivaban por completo. Parecía como si el ruido de unos pasos, el eco de una voz, el cierre o apertura de las puertas en la planta baja debieran, en este día trascendental, presagiar alguna calamidad misteriosa, algún extraño descubrimiento, algún proyecto secreto urdido en mi contra, no sabía cómo ni por quién. Dos o tres veces me descubrí escuchando atentamente en la escalera, con qué fin apenas sabría decirlo. Era siempre, sin embargo, en aquellas ocasiones cuando una pavorosa y significativa quietud parecía haber descendido de repente sobre la casa. Clara nunca vino a mí, ningún recado llegó de mi padre; el timbre de la puerta parecía extrañamente silencioso, los sirvientes extrañamente descuidados con sus deberes en la planta alta. Me sorprendí a mí mismo regresando a mi propia habitación con sigilo, como si esperara que alguna catástrofe oculta pudiera desencadenarse de oírse el sonido de mis pasos.
¿Volvería mi padre a buscarme a mi propia habitación, o me mandaría llamar abajo? No tardó mucho tiempo en resolverse la duda. Uno de los criados llamó a mi puerta—el criado cuya obligación especial había sido atenderme durante mi enfermedad. Anhelaba tomar la mano del hombre e implorar su compasión y su aliento mientras me dirigía la palabra.
—Mi amo, señor, desea decirle que, si se siente con fuerzas, quiere verle en su habitación.
Me levanté e inmediatamente seguí al criado. En el camino, pasamos por delante de la puerta de la salita privada de Clara; esta se abrió y mi hermana salió y me puso una mano en el brazo. Sonrió cuando la miré, pero tenía los ojos llenos de lágrimas y el rostro pálido como la muerte.