Mi vida ha sido puro miedo: miedo de él; miedo de mi esposo y aun de mi hija; miedo, peor aún, de mis propios pensamientos, y de lo que había descubierto que debía serte dicho. Cuando intenté hablar, fuiste demasiado generoso para comprenderme; tuve miedo de pensar que mis sospechas eran ciertas, mucho después de que hubieran dejado de ser simples sospechas. ¡Era miseria!; ¡oh, qué miseria desde entonces hasta ahora!”
Su voz se apagó por un momento, en débiles murmullos sin aliento. Luchó por recuperarla y repitió en un susurro:
“¡Perdóname antes de que muera! He hecho una terrible expiación; he atestiguado en contra de la inocencia de mi propia hija. ¡Mi propia hija! ¡No me atrevo a pedirle a Dios que la bendiga si la traen a mi lecho!—¡Perdóname!—¡perdóname antes de que muera!”
Ella tomó mi mano y la presionó contra sus labios fríos. Las lágrimas brotaron de mis ojos mientras intentaba hablarle.
«¡No derrames lágrimas por mí!», murmuró suavemente. «¡Basil!—permíteme llamarte como te llamaría tu madre si viviera—, ¡Basil! ¡Ruega para que se me perdone en la terrible Eternidad a la que voy, así como tú me has perdonado! Y, ¿por ella?—¡oh!, ¿quién rezará por ella cuando yo ya no esté?».
Aquellas palabras fueron las últimas que la oí pronunciar. Agotada hasta el punto de no poder hablar más, aunque fuera en un susurro, intentó tomar mi mano de nuevo y expresar con un gesto la despedida irrevocable. Pero le faltaron las fuerzas aun para esto; le faltaron con una espantosa y repentina rapidez. Su mano se movió a mitad de camino hacia la mía; luego se detuvo, tembló por un momento en el aire y cayó a su costado, con los dedos contraídos y entrelazados. Tambaleó en su sitio y se derrumbó sin remedio mientras yo extendía los brazos para sostenerla.