Cuando me despedí de Clara, ella se abstuvo de hacer la menor alusión a la brevedad de mi estancia; y se limitó a decir que pronto volveríamos a encontrarnos en Londres. Evidentemente, se había dado cuenta de que mi visita me había dejado un tanto apesadumbrado, y estaba decidida a imprimir a nuestra breve despedida un carácter lo más alegre y esperanzador posible. Ahora nos entendíamos a la perfección; y eso supuso cierto consuelo al apartarme de su lado.
Inmediatamente a mi regreso a Londres, me dirigí a North Villa.
Nada, me dijeron, había sucedido en mi ausencia, pero noté cierto cambio en Margaret. Estaba pálida y nerviosa, y se mostró más silenciosa de lo que jamás la había visto cuando nos encontramos.
Atribuyó esto, en respuesta a mis preguntas, a que el encierro en la casa, a consecuencia del clima crudo e invernal, la había afectado un poco; y luego cambió de tema.
En otros aspectos, el ambiente del hogar no se había desviado de su acostumbrada monotonía. Como de costumbre, la señora Sherwin estaba en su puesto en el salón; y su esposo leía el periódico vespertino, con su famoso oporto añejo, en el comedor.
Tras los primeros cinco minutos de mi llegada, me adapté de nuevo a mi antigua forma de vida en la casa del señor Sherwin con tanta facilidad como si nunca la hubiera interrumpido ni por un solo día.
¡De ahí en adelante, dondequiera que estuviera mi joven esposa, allí, y solo allí, estaría mi hogar!
Tarde por la noche, el señor Mannion llegó con unas cartas de negocios para que las examinara el señor Sherwin. Hice que viniera al