“Como mi explicación le ha satisfecho a usted, caballero —prosiguió; su voz clara y pausada resonando con discordante nitidez por encima del largo y rezagado retumbar del último trueno—, ¿puedo considerarme con derecho a hablar sobre el tema de su actual posición en la casa de mi empleador con cierta franqueza? Es decir, si se me permite decirlo sin ofender, con la franqueza de un amigo”.
Le rogué que usara de toda la libertad que deseara; y verdaderamente deseaba que lo hiciera, al margen de cualquier propósito de inducirlo a hablar sin reservas con la probabilidad de oírlo hablar de sí mismo.
El profundo respeto en las maneras y en las expresiones que él había manifestado hasta entonces —observado por un hombre de su edad hacia un hombre de la mía— me hacía sentir incómodo. Lo más probable era que fuera mi igual en conocimientos: tenía los modales y los gustos de un caballero, y bien podía tener también el linaje, por lo que yo sabía en sentido contrario. La diferencia entre nosotros radicaba únicamente en nuestras posiciones sociales. No tenía yo suficiente del orgullo de casta de mi padre como para pensar que esta sola diferencia hacía correcto que un hombre cuya edad casi duplicaba la mía, cuyos conocimientos quizás superaban los míos, me hablara como el señor Mannion lo había hecho hasta ese momento.
—Puedo decirle entonces —continuó—, que si bien me preocupa no cometer una intromisión desatenta en sus horas en North Villa, tengo al mismo tiempo el deseo de ser algo más que meramente inofensivo con usted. Desearía ser positivamente útil, hasta donde me sea posible. > En mi opinión, el señor Sherwin le ha impuesto un compromiso bastante duro; está poniendo a prueba