querríamos creer. La resistencia ofrecida a la americanización, que consiste en las limitaciones impuestas al programa de americanización, ha sido suficiente para convencer a todos los observadores de que, en lo que respecta a la invasión judía, su deseo no es seguir el camino que sigue Estados Unidos, sino influir en Estados Unidos para que siga el camino que siguen ellos. Hablan mucho de lo que aportan a Estados Unidos, y casi nada de lo que encontraron aquí.
América se les presenta como un gran trozo de masilla para moldear a su antojo, y no como una madre benigna que puede y quiere hacer que estos extranjeros sean como sus propios hijos. La doctrina de que los Estados Unidos aún no son nada definido, de que son solo una oportunidad abierta a todos para hacer de ellos lo que uno quiera, es una de las enseñanzas políticas judías más distintivas.
Si es provincianismo insistir en que nuestros huéspedes extranjeros se vuelvan estadounidenses y cesen en sus empeños por hacer de América algo ajeno, entonces hay cientos de miles de estadounidenses que se declaran culpables de provincianismo.
“El Crisol de razas” (The Melting Pot), término al que el señor Zangwill dio popularidad, no es un nombre muy digno para nuestra República, pero aparte de eso, se cuestiona cada vez más como descripción del proceso que aquí tiene lugar.
Hay algunas sustancias en el crisol que no se funden. Pero, lo que es aún más significativo, hay intereses en rápido aumento que quieren fundir el crisol.
Por lo que respecta a la Quinta Avenida, fue el crisol que se fundió. Al menos, ni el más intrépido líder judío alardeará demasiado sobre las características estadounidenses de la colonia judía más visible del mundo, la de Nueva York.