Aun dentro de la memoria de los hombres jóvenes, Tammany Hall ha sido el sinónimo de toda artimaña política, en el vocabulario de la crítica popular.
Tammany Hall era presentado como el peor ejemplo de dominio de jefes políticos y de corrupción que era posible encontrar en cualquiera de los dos partidos. Su propio nombre se convirtió en un estigma.
Pero aun el lector de periódicos más despistado habrá notado la progresiva desaparición de Tammany Hall de los comentarios públicos, el cese de las duras críticas, la total ausencia de titulares repletos de acusaciones feas, y la convocatoria a las huestes del buen civismo para presentar batalla contra el sombrío caciquismo que mantenía su cuartel general en el Wigwam.
¿Por qué este cambio? ¿Se debe a la extinción de Tammany Hall como fuerza política? * No, Tammany sigue ahí, como cualquier político de Nueva York les dirá. ¿Se debe entonces a una reforma de dicha organización? * No, el tigre de Tammany no ha cambiado sus rayas. Entonces, tal vez, ¿este cambio se debe a la