Tampoco podría ni querría negar que hay cierta prueba, cierta prueba prima facie de esta actitud antagónica en su folleto. Usted señala, y con fina indignación, el gran peligro que surge de la preponderancia de los judíos en las finanzas y en la industria, y de la preponderancia de los judíos en la rebelión y en la revolución. Usted revela, y con gran fervor, la conexión entre el colectivismo de las finanzas internacionales inmensamente ricas —la democracia de los valores en efectivo, como usted la llama— y el colectivismo internacional de Karl Marx y Trotsky —la democracia de y por los gritos de señuelo.... Y todo este mal y esta miseria, tanto la económica como la política, usted los rastrea hasta una sola fuente, hasta un único «fons et origo malorum»: los judíos.
Ahora bien, otros judíos podrán vilipendiarle y crucificarle por estas opiniones tan francas suyas; ¡yo mismo me abstendré de unirme al coro de la condena! Trataré de comprender sus opiniones y sus sentimientos, y una vez que los haya comprendido —como creo haberlo hecho—, podré defenderle de los injustos ataques de mi a menudo demasiado impetuosa Raza.
Pero antes que nada, debo decir esto: Apenas hay un acontecimiento en la Europa moderna que no pueda remontarse hasta los judíos.
Tomad la Gran Guerra que parece haber llegado a su fin, preguntaos cuáles fueron sus causas y sus motivos: los encontraréis en el nacionalismo. Inmediatamente responderéis que el nacionalismo no tiene nada que ver con los judíos, quienes, como acabáis de probarnos, son los inventores de la idea internacional.
Pero no menos que al éxtasis bolchevique y a la tiranía financiera, puede el fanatismo nacional (si se me permite llamarlo así) atribuirse en última instancia a una fuente judía; ¿no son acaso los inventores del mito del Pueblo Elegido, y no forma parte esta obsesión de la creencia política de toda nación moderna, por pequeña e insignificante que sea?