Se impuso el más absoluto secreto a todos. El público no debía entrever ni un indicio de lo que se iba a hacer. El senador Aldrich notificó a cada uno que subiera discretamente a un vagón privado que el ferrocarril había recibido órdenes de situar en un andén poco frecuentado. Las cortinillas bajadas frustraron cualquier mirada indiscreta que pudiera andar por allí. El grupo partió. Los omnipresentes reporteros de Nueva York habían sido burlados. Hasta ahí todo iba bien. Tras avanzar a toda velocidad por la vía férrea hora tras hora hacia el sur del país, se dio la orden de prepararse para desembarcar.
“Al bajar del coche, cuando la estación se hubo vaciado por completo de viajeros, los miembros de la expedición embarcaron en un bote pequeño. Reinaba el silencio, pues los barqueros no debían enterarse de cuán distinguidos eran sus pasajeros.
A su debido tiempo se detuvieron en otro muelle desierto. Estaban en la isla Jekyl, frente a Georgia. La isla estaba totalmente deshabitada excepto por media docena de sirvientes.
“«Los sirvientes no deben enterarse bajo ninguna circunstancia de quiénes somos», advirtió el senador Aldrich.
“—¿Qué podemos hacer para engañarlos? —preguntó otro miembro del grupo. El problema fue discutido.
—«Ya lo tengo», exclamó uno—. Llamémonos todos por nuestros nombres de pila. No volvamos a mencionar nunca nuestros apellidos».