Ha habido tiempo suficiente para que otros dijeran la verdad de haber tenido la disposición de hacerlo. Muchos editores deportivos han estado tan cerca de decirla como sus periódicos se lo permitían. Pero resulta cada vez más evidente que, si se ha de sacar todo a la luz para que los estadounidenses sepan dónde buscar el peligro, The Dearborn Independent tendrá que hacerlo.
Y esto no es por elección propia. El béisbol es un asunto trivial en comparación con algunos de los hechos que aguardan su publicación. Sin embargo, es posible ver el funcionamiento de la Idea judía en el béisbol con tanta claridad como en cualquier otro campo. El proceso es el mismo, ya sea en la guerra o en la política, en las finanzas o en los deportes.
Para empezar, los judíos no son deportistas. Esto no se señala como una queja en su contra, sino meramente como un análisis. Puede ser un defecto en su carácter o puede que no; es, sin embargo, un hecho que los judíos perspicaces reconocen sin vacilar.
Si esto se debe a su letargo físico, a su aversión por la acción física innecesaria o a su seriedad de espíritu, otros podrán decidirlo; el judío no es por naturaleza un deportista al aire libre; si practica el golf es porque su posición en la sociedad lo exige, no porque realmente le guste; y si se dedica al atletismo universitario, como están haciendo algunos de los judíos más jóvenes, es porque se ha llamado tanto la atención sobre su desatención de los deportes que la generación más joven considera necesario eliminar ese motivo de comentarios.
Y sin embargo, la lacra del deporte estadounidense actual es la presencia de cierto tipo de judío, no como participante, sino como explotador y corruptor. Si hubiera sido un deportista por el amor al deporte, se habría librado de convertirse en un explotador y corruptor, ya que no hay mente para la cual la corrupción de un deporte sea más ilógica e incluso inexplicable que la mente del hombre que participa en él.