«Nena de azúcar»; «En la habitación 202»; «¿Puedes domar a las mujeres salvajes?» y una lista casi interminable de la misma índole, algunos de cuyos títulos son demasiado sugerentes para la imprenta. Sin embargo, circulan libremente por todas partes —como todo lo judío, en este país.
Ministros, educadores, reformadores, padres, ciudadanos que se asombran del crecimiento de la relajación entre el pueblo, vituperan los malos resultados.
Ven el producto maligno y atacan el producto. Vituperan a los jóvenes que se entregan a todo este erotismo y sugestión.
¡Pero todo esto tiene una fuente! ¿Por qué no atacar la fuente?
Cuando una población está bañada en imágenes, sonidos e ideas de un carácter determinado, empapada en ellos y ahogada en ellos, por una intención sistemática, deliberada y organizada, el punto de ataque debe ser la causa, no el efecto.
Sin embargo, ese es precisamente el lugar donde no se ha hecho el punto de ataque, presumiblemente debido a la falta de conocimiento.
De poco sirve culpar al pueblo. El pueblo es tal como lo hacen. Dele vía libre al negocio del licor y tendrá una población que bebe y juerguea.
Tras predicar la abstinencia a las víctimas durante un siglo, el país volcó su atención hacia los victimarios y el abuso se redujo considerablemente. El tráfico sigue llevándose a cabo de manera ilícita, pero aun así, la mejor manera de abolir el tráfico ilícito es identificar a los grupos que lo llevan a cabo.
Toda la población de Estados Unidos podría convertirse en adictos a los narcóticos si se le otorgara la misma libertad a la red ilícita de narcóticos