Y debemos admirarla, seamos judíos o seamos cristianos, pues acaso estos judíos modernos no se han mantenido fieles a su tipo, ¿no hay un paralelo para ellos en la historia?, ¿no van hasta el final amargo incluso en nuestros días?...
¿Quién agitó al pueblo durante la última guerra en Alemania? ¿Quién fingió poseer de nuevo la verdad, esa verdad ante la cual Poncio Pilato se encogió una vez de hombros? ¿Quién abogó por la honradez y la pulcritud en la política, esa honradez que arranca una sonrisa de los labios de cualquier procónsul experimentado de hoy?
Escritores, que en su mayoría eran judíos: Fried, Fernau, Latzko, Richard Grelling, el autor de “J’accuse”.
¿Quién fue asesinado y se dejó matar por estas mismas ideas y principios? Hombres y mujeres de la raza judía: Haase, Levine, Luxemburg, Landauer, Kurt Eisner, el primer ministro de Baviera.
Desde Moisés hasta Marx, desde Isaías hasta Eisner, en la práctica y en la teoría, en el idealismo y en el materialismo, en la filosofía y en la política, son hoy lo que siempre han sido: apasionadamente devotos de sus metas y de sus propósitos, y dispuestos, es más, ávidos de derramar su última gota de sangre para la realización de sus visiones.
“Pero todas estas visiones son erróneas”, responderás... “Mira adónde han conducido al mundo. Piensa que ahora ya han tenido una prueba justa de 3.000 años de vigencia. ¿Cuánto tiempo más vas a recomendárnoslas y a infligirlas sobre nosotros? ¿Y cómo propones sacarnos del cenagal en el que nos has metido, si no cambias el rumbo por el que has llevado al mundo tan desastrosamente por el mal camino?”.
A esta pregunta solo tengo una respuesta que dar, y es la siguiente: «Tiene usted razón». Este reproche suyo, que —lo siento con certeza— está en la base de su antisemitismo, está más que justificado, y sobre este