De todo el Imperio británico, ¿son ellos los únicos dos hombres para asesorar al primer ministro en una gran crisis? Si lo son, ¿por qué es así? Los Montagu, lo sabemos, controlan la plata del mundo; sir Alfred Mond, lo sabemos, hizo la muy hábil jugada de evitar que el signo de la Cruz apareciera en los monumentos de guerra levantados a los soldados del imperio; su judaísmo siempre tan evidente. Ambos financistas; ambos los estrechos asesores del primer ministro; como Baruch para Wilson, así son ellos para Lloyd George.
A juzgar por las administraciones de guerra —las que ya han desaparecido de la escena y las que aún perduran—, al parecer no hay anglosajones a ningún lado del mar capaces de manejar estos profundos asuntos.
Lloyd George, herido en lo más hondo por vez primera a causa de las críticas del público británico sobre su tendencia a encerrarse con judíos cuando se enfrentaba a una cuestión crucial, replicó con amargura... ¿con qué? ¡Con la vieja y gastada jactancia propagandista judía de que a la gente que entonaba salmos judíos en la iglesia le sentaba mal hostigar a la raza que los había escrito!
¡Una defensa de lo más esclarecedora! El mundo daría muchísimo por ver un auténtico salmo de Sir Alfred Mond, del Sr. Montagu o incluso de Sir Philip Sassoon, quien pronto se convertirá en yerno del primer ministro.
En nuestra propia historia, Barney Baruch reclama audazmente su lugar, afirma sin vacilar que tuvo más poder que cualquier otro hombre en la guerra. Si Allenby en Palestina necesitaba una locomotora, si los estadounidenses en Rusia necesitaban ropa, si las fábricas de municiones necesitaban cobre, era Baruch quien daba o retenía la palabra.
El señor Warburg, de una pasta algo más fina, debido probablemente a que posee menos experiencia de la dura «Calle» que el señor Baruch, no