él tenga la remota sospecha de cómo se llevó a cabo.
De modo que, en lugar del señor Comiskey, miramos al judío que está detrás de él, que es Harry Grabiner. Con la salud de Comiskey en declive, Grabiner está al mando en el Comiskey Park. Más que eso, parece estar al mando del propio Comiskey, impidiéndole hacer declaraciones públicas y dictándole por lo demás sus actos, empujándose hacia adelante de una manera que ha impresionado de forma indeleble y desagradable a casi todos los cronistas deportivos de Estados Unidos.
El apoyo de Chicago hacia los White Sox comenzó a decaer incluso antes del escándalo, y este proceso se vio impulsado por la impopularidad de los métodos de Grabiner, los cuales eran enteramente característicos de lo que el judío americanizado llama los «kikes» [judíos ortodoxos]. Como secretario del club, Grabiner se ha adueñado de la dirección, y si Comiskey tuviera el poder suficiente para destituirlo, haría más de lo que los tribunales han hecho para purgar a los White Sox de su mancha más grave y persistente.