En todo esto, Tammany Hall es poco más que un nombre; es uno de los centros de reunión que los judíos le han dejado al no judío que aún se interesa por la política de Nueva York. Tiene que haber lugares de reunión para los no judíos, y uno o dos no hacen daño.
El judío tiene la doble ventaja en un asunto así, pues aunque reclama igualdad con todos, niega la igualdad con cualquiera. Es decir, cualquier judío proclama su derecho a unirse a cualquier cofradía, o club, o sociedad, o partido cuyos miembros sean principalmente no judíos, pero ¿dónde está la cofradía, o club, o sociedad judía que admita miembros no judíos?
Los periódicos publicaron la noticia, tras cierto acontecimiento, de que cientos de judíos se habían ofrecido para unirse a los Caballeros de Colón. Era muy típico del carácter judío. Pero que cualquier no judío intente unirse a la B’nai B’rith, o a la Asociación de Jóvenes Hebreos, o a la Sociedad Menorah, o a cualquiera de las otras: verá hasta dónde llega el principio de igualdad.
«Queremos ser parte de lo tuyo, pero lo nuestro es solo para nosotros», es la actitud judía.
Así, políticamente, el judío de Nueva York lleva la ventaja.
Pertenece, junto con el no judío, a organizaciones como Tammany o el Club Republicano, pero el no judío no puede pertenecer con él a la Kehilá.
Todo resulta dolorosamente familiar: el judío insiste en la doble condición en todas partes. En los Balcanes insiste en una doble ciudadanía. Insiste en una doble protección. Insiste en un doble rasero de educación. Insiste en todos sus propios derechos religiosos con la misma fuerza con que insiste en que todos los derechos de la mayoría cristiana sean erradicados en este país.