puede detener, su puesto como dictador supremo se vuelve poco mejor que el de un juez de faltas que resuelve disputas relativas a las reglas y a las ofensas contra estas. El peligro del béisbol va mucho más allá.
Hace unos años, los propietarios de la Liga Americana llegaron a un pacto de caballeros de no vender sus participaciones en ningún momento sin consultar primero a todos los demás propietarios. El nombre del posible comprador debía someterse a consideración, y la operación quedaba supeditada a la aprobación de todos los propietarios de la liga.
Ante ese hecho, muchas personas se preguntan cómo Harry Frazee llegó a ser propietario del club Boston American. Se explica de forma muy sencilla: el acuerdo no se respetó en el caso de Boston y, así, otro club quedó bajo las asfixiantes influencias de la «raza elegida». La historia vale la pena ser contada:
Frazee, como tantos de su calaña, estaba en el «mundo del espectáculo», como gerente de compañías de vodevil.
Luego vio una oportunidad en el deporte. En asociación con Jack Curley, otro judión, organizó el combate notoriamente amañado entre Jack Johnson y Jess Willard en La Habana. Curley ha sido la influencia principal en acabar con la lucha libre, mediante precisamente el tipo de política judía aquí descrita.
Jack Johnson, el Negro, era un fugitivo de la justicia, pero era el campeón mundial de boxeo. Gastaba dinero como un marino desbocado y sus fondos se estaban agotando. Estaba cayendo precisamente en el estado en el que a los judíos les gusta encontrar a un hombre, para aprovecharse de él. Incapaz de pelear en los Estados Unidos, pero aún poseedor del campeonato, necesitaba una salida. En ese momento Frazee y Curley le hicieron una propuesta a Johnson, de la que se dice que implicaba la